En Vitoria-Gasteiz hay dos barrios, Adurtza y San Cristóbal, que tienen algo que trasciende lo cotidiano, un espíritu entretejido en sus aceras, sus fachadas, sus tiendas. Una identidad que no se define con palabras, sino que se respira, se siente, se vive. Es el eco de mil historias entrelazadas, de risas compartidas, de silencios que atesoran memorias.

Por eso, cuando nació BARRIO CREATIVO, proyecto que he tenido el privilegio de comisariar, elegimos la fotografía analógica como lenguaje para descifrar ese enigma. Porque hay verdades que solo la luz captura, instantes que solo la película atrapa con su honestidad.
Más de 60 personas—estudiantes, mayores, creadoras, fotógrafas, pero, sobre todo, vecinas—empuñaron su cámara y un único carrete en octubre de 2024. Su misión: revelar, en 72 fotogramas, el alma de su barrio. Meses de miradas atentas, de encuadres cargados de misterio, hasta que llegó el momento de devolver el rollo y dejar que la química hiciera su magia.

El resultado es un poema visual, una confesión colectiva que queda reflejada en dos importantes soportes: una exposición y un fotolibro.
La exposición cubrirá la valla exterior de Hibridalab (C/ Miguel de Unamuno s/n Vitoria.Gasteiz), promotor del proyecto Barrio Creativo, y varias salas en el interior del edificio. Las imágenes de gran formato en la valla vendrán acompañadas de textos en forma de preguntas que invitarán a los viandantes a entrar en las salas interiores en busca de las respuestas. La inauguración está prevista el 29 de mayo de 2025.
El fotolibro, del que se publicarán 300 ejemplares, incluirá más de 200 fotografías realizadas por los participantes en el proyecto y contendrá un mapa que nos ayudará a hacer un recorrido por el barrio para entender mejor la mirada de las personas que lo habitan. El fotolibro llevará el título: "A este lado de las vías " y será presentado en Hibridalab a mediados de Junio.
El desenlace es un testimonio colectivo tan diverso como las propias personas participantes. Estudiantes que retrataron la vitalidad de las calles al atardecer, mayores que inmortalizaron rincones cargados de memoria, artistas que buscaron la poesía en lo ordinario. No hubo un solo enfoque, sino tantos como personas: algunas imágenes son tiernas, otras melancólicas, unas pocas incluso retadoras, pero todas comparten una honestidad que solo nace cuando se fotografía desde el arraigo. Su trabajo no es solo técnico, sino emocional—un diálogo íntimo entre quien mira y lo mirado.

El libro y la exposición son, ante todo, un homenaje a su talento y generosidad. Porque no se limitaron a aceptar el reto, sino que dedicaron tiempo, paciencia y sensibilidad para regalarnos una visión auténtica del barrio. Sus fotografías no son instantáneas casuales, sino pequeños ensayos visuales sobre la identidad de un lugar que, gracias a ellas, ahora podemos entender—y querer—un poco más. Sin su curiosidad, su esmero y su cariño, este proyecto no sería lo que es: un espejo en el que el barrio se reconoce y, al mismo tiempo, se descubre.

